25.-Grandeza de España (Franquista ) Conde de Rodezno.-a


Scherezada Jacqueline Alvear Godoy
En 1935 la Comunión Tradicionalista hizo suya, como emblema del Requeté,
 la Cruz de Borgoña, bandera de los Tercios de Flandes.

El carlismo es un movimiento político español de carácter tradicionalista y legitimista derivado del realismo fernandino​ que surgió durante la primera mitad del siglo XIX en oposición al liberalismo, al parlamentarismo y al secularismo. Pretende el establecimiento de una rama alternativa de la dinastía de los Borbones en el trono español y el llamado reinado social de Jesucristo. En sus orígenes propugnaba la vuelta al Antiguo Régimen y posteriormente desarrolló una doctrina política inspirada en la tradición española y la Cristiandad medieval.

Soledad  Garcia  Nannig; Maria Veronica Rossi Valenzuela; Francia Vera Valdes


El condado de Rodezno es un título nobiliario español concedido el 8 de mayo de 1790 a Miguel Ximénez-Navarro y Ocio, Acedo y Salamanca. Posee la dignidad Grandeza de España por los servicios políticos  prestados  por el séptimo conde Tomás Domínguez Arévalo que fue ministro de Justicia en la etapa final de la Guerra Civil Española e inicios del nuevo régimen franquista. Rodezno es un municipio de la comunidad autónoma de La Rioja (España) situado en la Rioja Alta y a tan sólo 7 km de Haro. Está situado en pleno Valle del Ebro.



Rodezno, Conde de [Es1789, dipl1790], GdE [1952]

Miguel Ximénez-Navarro y Ocio [etc], 1. Conde de Rodezno.
└─Joaquín Jiménez-Navarro y Hurtado de Mendoza, 2. Conde de Rodezno, b1789.
  ├─Joaquín Jiménez-Navarro y García Romero Mayoral, 3. Conde de Valdellano [Es1780], 3. Conde de Rodezno,
  │ d(c)
  └─María Josefa Jiménez-Navarro y García Romero Mayoral, 5. Condesa de Valdellano [Es1780], 4. Condesa de Rodezno
    [Es1790], b1800 d1829
    └─(María de los) Angeles Fernández-Navarrete y Jiménez-Navarro, 6. Condesa de Valdellano [Es1780], 5. Condesa de
      Rodezno
, b1820 d1856
      ├─(María de los) Dolores Arevalo y Fernández de Navarrete, 6. Condesa de Valdellano [Es1780], 6. Condesa de
      │ Rodezno 
[Es1790, succ1877c], b1854 d1919.
      │ └─Tomás Dominguez y Arevalo, 7. Conde de Rodezno [Es1790], [post.mort] GdE [1952], b1882 d1951.
      │   └─María (del Sagrado Corazón) Domínguez y López-Montenegro, 13. Marquesa de San Martín [Es1691],
      │     8. Condesa de Rodezno [Es1790, succ1954, res2006] y GdE [1952], d-2014
      │     └─María de la Asunción Gaytán de Ayala y Domínguez, 9. Condesa de Rodezno [Es1790, succ2014m] y GdE [1952],
      │       b1942
      └─José (María) de Arévalo y Fernández de Navarrete, Conde de Valdellano [Es1780], 5. Conde de Rodezno [Es1790,
        succ1859c], b1850 d1874


 Condes de Rodezno​Periodo
Creación por Carlos IV
IMiguel Ximénez-Navarro y Ocio1790-
IIJoaquín Jiménez-Navarro y Hurtado de Mendoza
IIIJoaquín Jiménez-Navarro y García Romero Mayoral
IVMaría Josefa Jiménez-Navarro y García Romero Mayoral-1829
VMaría de los Ángeles Fernández-Navarrete y Jiménez-Navarro1829-1856
VIMaría de los Dolores Arévalo y Fernández de Navarrete1856-1919
VIITomás Domínguez Arévalo1919-1952
VIIIMaría del Sagrado Corazón Domínguez y López-Montenegro1952-2012
IXMaría de la Asunción Gaytán de Ayala y Domínguez2013- 2017
XMaría de la Asunción Gaytán de Ayala y Gaytán de Ayaladesde 2018


 
(Madrid, 1882 – Villafranca de Navarra, 1952). 

Hijo del político carlista Tomás Domínguez Romera* y nieto del también político José María Arévalo Fernández de Navarrete*, de quien heredó -por medio de su madre- el título de conde de Rodezno, fue diputado a Cortes por Aoiz en 1916-1918, 1918-1919, senador por Navarra en 1921-1923 y 1923 (en las Cortes que disolvió Primo de Rivera) y otra vez diputado en las Cortes de la República, en 1931-1933, 1933-1936 y 1936 (en las suspendidas por el estallido de la guerra civil).
Carlista, tomó parte activa en la negociación del apoyo de los carlistas a los militares cuando se preparaba el Alzamiento de 1936. Participó asimismo en las negociaciones para unificar Falange y la Comunión Tradicionalista -como se hizo en 1937- y, al formarse el primer gobierno de Franco, en 1938, ocupó la cartera de Justicia, inaugurando así la discontinua tendencia de las primeras épocas de Franco a confiar este ministerio a militantes del tradicionalismo. Luego, en enero de 1940, fue designado diputado foral por Tudela y fue vicepresidente de la Diputación de Navarra.
Sobre todo desde 1946 encabezó el grupo de carlistas que, muerto él, aceptaría a don Juan de Borbón, hijo de Alfonso XIII, como heredero del trono de España, en 1957, en el llamado pacto de Estoril.

Rodezno tuvo una interesante faceta de historiador, centrada en cuestiones carlistas: La abdicación de D. Carlos y el Conde de Montemolín (RHGE,1927, I, 234-262), La Princesa de Reira y los hijos de don Carlos (Madrid, 1928), La muerte de Zumalacárregui (RHGE, 1929, III, 97-106), Carlos VII, Duque de Madrid (Madrid, 1929); puso prólogos a libros de J. Mª Azcona* y J. Valdés. Pronunció (Pamplona, 10.3.1938) uno de los dos discursos a Los mártires de la Tradición (Vitoria, 1938). Su primer libro, y más impersonal, fue Los Teobaldos en Navarra (Madrid, 1909).

Académico numerario de la Real de la Historia, ingresó (15.11.1944) con el discurso Austrias y Albrets ante la incorporación de Navarra a Castilla (Pamplona, 1944), al que contestó el marqués del Saltillo. Rodezno ocupó la vacante de F. Rodríguez Marín. En su discurso repasó los hechos y juicios merecidos por la conquista del reino y los intentos posteriores de recuperarlo por parte de la dinastía desposeída, los Albret, tanto militares como diplomáticos o matrimoniales, como la posible boda de Enrique de Albret con Leonor, hermana de Carlos I. 
En ese contexto sitúa un memorial del Archivo de Navarra, anónimo y sin data, sobre los derechos y Estados de Enrique. Como conclusión, Rodezno establece que Navarra se incorporó al imperio español “de todo corazón”, y esto “como consecuencia de un natural proceso histórico, que no supo o no quiso comprender su última dinastía”, y que durante un siglo las circunstancias de la conquista turbaron la conciencia de los Austrias “e inquietaron los sentimientos de fidelidad de la nobleza navarra”, fidelidad que, a su juicio, alentó la “adhesión unánime y entusiasta” al Borbón en la guerra de Sucesión.

Serrano Suñer admiraba a este hombre, «una personalidad destacada en el gobierno», que era «alto, de rostro afilado, con un gesto entre triste y burlón; con su ademán mezclado de solemnidad, indolencia y cortesía».

 Además, de su titulo de  VII conde de Rodezno, fue XII marqués de San Martín y V conde de Valdellano,  caballero de la Orden de Malta, caballero de las Reales Maestranzas de Caballería de Zaragoza y Sevilla, hijo predilecto de Navarra, abogado, escritor y genealogista así como uno de los líderes más representativos del tradicionalismo carlista.
 Vicepresidente de la Diputación Foral de Navarra. Consejero Nacional y procurador a Cortes durante las primeras legislaturas del período franquista.
Además de su labor política, también escribió sobre historia. En 1909 publicó su primera obra monográfica: Los Teobaldos de Navarra. Ensayo de crítica histórica, a la cual habrían de seguir De tiempos lejanos, glosas históricas (navarras medievales), La princesa de Beira y los hijos de D. Carlos, Carlos VII, duque de Madrid, La propiedad privada en Navarra y un informe sobre la reforma tributaria, El Dr. Navarro D. Martín de Azpilcueta. Con motivo de su recepción en la Real Academia de la Historia en 1944 leyó el discurso Austrias y Albrets ante la incorporación de Navarra a Castilla. Fue el fundador y primer presidente de la Institución "Príncipe de Viana".




SEMBLANZA DEL CONDE DE RODEZNO
SU PERSONALIDAD Y SU ACTUACIÓN

En el discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia de D. Jesús Pavón, que ocupó el sillón del Excmo. Sr. Conde de Rodezno (q. e. p. d.), pronunció las siguientes palabras en homenaje al fundador de nuestra Institución, que gustosos transcribimos:
Es grato y doloroso a la vez, para mí, hablar de mi predecesor en la Academia, el Conde de Rodezno. Le conocí y traté, estimé y quise. Y —caso curioso— me bastaría, para trazar su elogio, con actualizar la semblanza que escribí y publiqué en 1935.
En la vida y en la historia de todo hombre, la cuna es el punto de partida.
En Rodezno resulta ser la clave de su personalidad y de su vida extraordinarias. Don Tomás Domínguez Arévalo, madrileño de nacimiento, era andaluz por la familia paterna y navarro por la de su madre. Cuando el Conde de Rodezno atendía las casas y las tierras heredadas, había de repartir su tiempo entre Carmona de Sevilla y Villafranca de Navarra.
Pero lo más notable en sus orígenes residía en algo muy curioso. Su padre, el Marqués de San Martín, era figura principalísima del Tradicionalismo, una minoría en la política andaluza de su tiempo. Su madre, heredera de los condados de Rodezno y Valdellano, era un Arévalo, de familia dinástica, cuyo padre, el conde viudo de esos títulos, había sido personalidad importante del partido Liberal-Conservador y gran amigo de Cánovas. Familia, pues, encuadrada en una minoría de la vida pública navarra del XIX.
De aquí una primera y amable hipótesis que suscitaba la personalidad de Rodezno. Hacía pensar en lo que hubieran sido la España y el español medio de nuestro tiempo si la excepción hubiese constituido la regla. Esto es, si con sus naturales e irrenunciables caracteres, los navarros en su mayoría se hubieran encuadrado en el Liberalismo conservador y la mayoría de los andaluces se hubieran formado en el Tradicionalismo.
De aquí también una primera tesis. Todo en Rodezno —decíamos— procedió de su cuna, de la lealtad a ella, de la concepción de sus deberes hacia la tierra y los muertos. Se identificó con las ideas paternas, que coincidían con las aspiraciones y las formas de vida de la tierra en que nació su madre y transcurrió su niñez. Esa lealtad dictó su actuación pública, su labor histórica y su carácter señero, los tres aspectos de la personalidad de Rodezno que hemos de considerar, brevemente, al recordarle y pensar en él.
El proclamó, al ingresar en esta Real Academia, cuanto le había impulsado a intervenir en la política de su país y de su tiempo:

 «tradiciones familiares —dijo—, requerimientos regionales y, en definitiva, el imperativo de una convicción a la que siempre serví»

Documentada y elocuentemente, el Marqués de Saltillo habló, en tal ocasión, de la juventud de Rodezno. Estudiante en la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid, el magisterio de don Matías Barrio y Mier hizo fructificar las ideas sembradas en el muchacho por la palabra y el ejemplo de su padre. Tomás Domínguez Arévalo participaba entonces en las actividades de los modestos círculos tradicionalistas de la Corte, en la compañía de jóvenes, políticos destacados luego, como Chicharro, Liñán y Larramendi.
Frecuentaba, a la vez, el salón literario, político y aristocrático, que presidía una dama, ilustre por la sangre y la inteligencia, la Condesa de Doña Marina.
La identificación con Navarra, determinó su larga y brillante carrera política: alcalde de Villafranca, diputado a Cortes por Aoiz, senador por Navarra, presidente de la Junta Suprema Tradicionalista, consejero foral y vicepresidente de la Diputación.

El Movimiento Nacional le hizo ministro de Justicia, y hubo de abordar, rigiendo aquel Departamento, una tarea extraordinaria: la de revisar toda la obra de la segunda República y establecer las bases de un nuevo estado de Derecho. Reintegró el personal judicial y fiscal apartado, al ejercicio de la Justicia; reorganizó los servicios del Departamento; organizó por Ley el Tribunal Supremo; estableció la Comisión General de Codificación; modificó el Código Penal; atendió a la reconstrucción de los Registros de la Propiedad; volvió a la vida el Consejo Superior de Protección de Menores; creó el Patronato de Redención de Penas por el Trabajo; acometió la renovación de la Justicia Municipal; derogó las disposiciones relativas al matrimonio civil; devolvió a la ortodoxia el artículo 22 del Código Civil en cuanto a la condición y nacionalidad de la mujer casada; restauró en España la existencia oficial de la Compañía de Jesús.

El político de oposición que había sido hasta entonces, en obediencia a sus convicciones, mostróse, llegada la ocasión, un gran hombre de gobierno. Y es este uno de los mayores elogios que pueden pronunciarse respecto a un político.
Dijo, también aquí, las razones que le movieron a cultivar la Historia. Sin el conocimiento del pasado, el preseníe carece, muchas veces, de sentidlo. El examen del pretérito le proporcionaba, en primer término, la sensación de que ensanchaba la vida, compensando la cortedad de los días con una proyección indefinida. 

«Paréceme —afirmó— que los que no sienten la necesidad de saber cómo se llamó su bisabuelo, o la inquietud de conocer los sucesos pasados, y las posiciones ante ellos de las generaciones que les precedieron, achican su vida resignándose a desconocer el porqué de la mayor parte de las cosas.»

Muy joven aún, y en tanto colaboraba desde 1912 en la «Revista de Historia y Genealogía Española», dióse a una tarea que era, para él, descanso y regalo en las luchas políticas. Los Teobaldos de Navarra, su primera monografía, apareció en 1909. Y en 1913, publicó los estudios reunidos bajo el título De tiempos lejanos.
A la historia del carlismo contribuyó con dos obras, admirables por diversas razones. En La princesa de Beira y Los hijos de Don Carlos (1925), la investigación, que aportaba documentos capitalísimos, se alió con una lucidez mental y una serenidad de espíritu que le permitieron lograr la más clara exposición alumbrada hasta hoy del confuso, apasionante y dilatado pleito. En Carlos VII, duque de Madrid (1929), lo que pertenece a la Historia se enlaza con la propia vida del autor, con las ideas y los recuerdos personales, y eso le presta una agudeza penetrante y una emoción contenida y latente que hacen el libro atrayente y perdurable.
Crecientemente obligado a la acción, le fué más difícil escribir. Lo hizo cuando lo tuvo también por obligación; y entonces dió forma a alguno de sus estudios en curso. Leyó en la Real Academia de Jurisprudencia un trabajo sobre el Doctor Navarro don Martín de Azpilcueta; leyó ante vosotros el inolvidable discurso Austrias y Albrets ante la incorporación de Navarra a Castilla.
Fijémonos, por último, en el tercer aspecto de su personalidad que llamaba nuestra atención. Rodezno, político e historiador, personaje en la España de su tiempo y estudioso de la de tiempos anteriores, fué una figura respetada por todos, querida por cuantos le conocían, desconcertante —como figura fuera de serie— para muchos.


Desconcertante porque, perteneciendo política y socialmente a una minoría, nadie le sentía distante o ajeno. Y porque, virtualmente adscrito a un sistema ideológico radicalmente disconforme con el medio que discurrió buena parte de su existencia, supo vivir y convivir con amabilidad inalterable y con noble cortesía que, a veces, eran tenidas por escepticismo en cuanto a las ideas y por indiferencia respecto a la acción.

Y nada más falso que esa interpretación de su conducta, opinión muy extendida de la que nunca se preocupó. Porque su proceder obedecía a razones hondas y firmes.
Alguna vez y en reducido círculo de oyentes, recordaba Rodezno las conversaciones sostenidas de niño con su padre, respecto al porvenir. El hablaba en ellas de un futuro brillante que fiaba, en normales ilusiones infantiles, al ejercicio de tal profesión o al desempeño de tal cargo. Y el padre le advertía cuan difícil había de ser que, en aquellas situaciones que ambicionaba, sirviese a las ideas y siguiese el ejemplo que pretendía legarle como la mejo herencia. Así, en el comienzo de su vida y como norma primera de existencia, quedó en su alma esa convicción: la lealtad a la cuna —al pasado, a las ideas, a la sangre de los mayores— consistía en un renunciamiento, en un desapego de lo generalmente apetecido, en un apartamiento de lo poseído o gozado comúnmente por las gentes de su condición. Guardó fidelidad a esa concepción inicial y familiar de la vida pública, sin sombra de amargura, con elegancia constante, a veces con palabras y actitudes llenas de gracia. En la anormalidad de los tiempos que le tocó vivir, sentía como posible la pérdida de lo que legítimamente conservaba suyo; pero, en cambio, rechazaba por principio cuanto no correspondía al cuadro firmísimo de sus creencias. 
Una sesión de Cortes de la segunda República —lo registré en 1935— se hizo famosa por unas breves palabras de Rodezno. Un diputado de la Ezquerra Catalana se refirió a él, llamándole con léxico democrático, «el buen ciudadano ex Conde de Rodezno». Y Rodezno, espontáneo y magnífico, le interrumpió:

 
«¿Ex conde? Bueno. ¿Ciudadano? ¡Jamás!»

Si nunca gustó de la agresividad en las palabras fué, fundamentalmente, porque entendió, siempre y en toda su hondura, la pugna política a que respondía su posición. En su obra La princesa de Beira escribió:

 «Aun cuando en los primeros documentos de la campaña se hacen referencias frecuentes a la cuestión sucesoria, lo cierto es que ésta tuvo una importancia secundaria... Si don Carlos hubiera abrazado los principios de la revolución y doña María Cristina los de la tradición monárquica pura, los liberales habrían invocado la legitimidad borbónica agnada, y en las montañas y valles de Navarra se habría defendido —y no por primera vez— el derecho sucesorio de las hembras». 

Como historiador y como político. Rodezno nunca faltó a la verdad respecto a los hechos, ni vició el juicio en cuanto a las personas.
Porque siempre se situó en el campo de las corrientes ideológicas y no en el de las pugnas personales, y dió de lado a las pasiones, innecesarias en BU convicción.
Por otra parte, esa convicción, respondiendo a una clara concepción del Tradicionalismo, no admitía ni sentía la noción de «parte» que produce la rivalidad política como norma. Prologando un volumen de las obras de Vázquez de Mella, Rodezno escribió: 

«Ese cuerpo de doctrina política y social excluye el concepto partidista y hace que el Tradicionalismo no sea un partido, sino un sistema de estructuración nacional, una constitución orgánica de la nación».


Y hubo siempre otra razón, de más peso aún, para la admirable serenidad de Rodezno. Y fué la firmeza misma de sus ideas. Contra lo que cree el vulgo, la actitud intransigente del extremista, responde a una íntima debilidad, a la inquietud constante por una convicción que teme la opinión ajena y que se asusta de la contradicción. La paz exterior procede de una íntima solidez, que ni se turba ni se agita ante lo que en vano pretende sacudirla.

Y eran tan firmes la creencia y la conducta de Rodezno porque su raíz era toda una fe religiosa. A su amigo y correligionario don Antonio Iturmendi, actual ministro de Justicia, le confesó, un buen día, en calidad de consejo, lo que fué norma de su existencia: 

«¡Procura hacer en esta vida todo lo que te sirva para la otra!».

La inclinación del hombre a pensar que «todo tiempo pasado fué mejor», aunque se equivoque al emitir un determinado juicio, acierta como estímulo en el presente. Y es beneficiosa también cuando nos lleva a estimar lo que perdemos, a sentir lo que se nos va.
Quizá no nos engañe el sentimiento cuando nos hace pensar que, con Rodezno, se nos fué algo extraordinario y complejo, que él encarnaba a la perfección. La radical firmeza de unas convicciones, que hacían amables la generosidad del renunciamiento y la corrección del ademán. La nobleza que lo llenaba todo en él: las venas, la inteligencia y la conducta. La lealtad a la tradición familiar, al señor ausente, al amigo cercano, al compañero en las tareas políticas y académicas.

Recordaremos siempre su figura y sus gestos: aquel su aire entre despreocupado y cariñoso; la manera con que se sacudía de sus solapas una ceniza del cigarro o un polvo inexistentes; el modo con que ponía su mano

sobre el hombro del interlocutor, precisamente en el momento de advertirle un serio error.
Le recordaremos —digamos sin temor la palabra— siempre que la tolerancia se abra paso entre nosotros, y sea obra no de la debilidad, sino de la firmeza de las ideas; de la generosidad y no del interés. Porque él, historiador de tres contiendas y figura principalísima de otra, había practicado y procurado de por vida, aquella tolerancia cristiana que predicó San Pablo:

 «Soportándoos unos a otros con caridad, solícitos en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz»

Real Academia

Domínguez Arévalo y Fernández de Navarrete, Tomás. Conde de Rodezno (VII). Madrid, 26.IX.1882 – Villafranca (Navarra), 10.VIII.1952. Político tradicionalista.

Licenciado en Derecho por la Universidad Central de Madrid (1904) y vicepresidente de la Juventud Jaimista madrileña, fue diputado a Cortes por Aoiz (1916-1919), senador por Navarra (1921-1923) y electo por la candidatura católico-fuerista o en el Bloque de Derechas en las tres convocatorias de la República.

En 1930, muerto Vázquez de Mella, inició el acercamiento al mellismo. En 1912 ya consideraba “farsa absurda” el sufragio universal y en febrero de 1931 se manifestó en artículos de prensa “sustantivamente antiparlamentario”, porque el “desatinado imperio de la mayoría como fuente de legitimidad” sustentaba un parlamento “representativo de nada; de nada vivo en la sociedad”, por lo que propugnaba un modelo de “Cortes orgánicamente representativas de las clases y de los intereses nacionales”.

En marzo de 1934 autorizó, como responsable de la Comunión Tradicionalista, la participación carlista en la misión monárquico-militar que visitó a Mussolini y a finales del mismo año firmó el manifiesto fundacional del Bloque Nacional, que aglutinó a toda la derecha española con el objetivo de “conquistar el Estado”.

Fiado de su posibilismo político, contactó en la primera quincena de junio de 1936 con el general Mola y resultó el hombre clave en la negociación del apoyo que la masa civil carlista aportaría a las fuerzas armadas sublevadas, a diferencia de Manuel Fal Conde que temía ser engañado por los militares, en los que no apreciaba la decisión inmediata de levantarse.

Tres meses más tarde asumió Rodezno la delegación política de la recién creada Junta Nacional Carlista de Guerra. Decretada por Franco la unificación de la Comunión Tradicionalista y de Falange Española de las JONS, Rodezno desempeñó un papel decisivo, —frente a la negativa de Javier de Borbón y de Manuel J. Fal Conde— que, en abril de 1937, le mereció ser uno de los diez miembros del Secretariado o Junta Política de la Falange Española Tradicionalista (FET) y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS), así como figurar entre los cincuenta del Primer Consejo Nacional de FET y JONS, en octubre del mismo año y, en enero de 1938, le valió el cargo de ministro de Justicia (del que dimitió en septiembre de 1939), y, de abril a agosto de 1939, el de Educación Nacional. Más tarde, juzgó la unificación como un error irremediable.

El 9 de mayo de 1940 llegó a la Diputación Foral de Navarra como diputado por la merindad de Tudela, a la que pertenece Villafranca. Como miembro de más edad asumió la vicepresidencia, es decir, la presidencia ejecutiva y representativa, de la corporación. Dimitió el 14 de julio de 1948. En su mandato destaca la creación de la Institución Príncipe de Viana, como consejo y órgano de cultura (1941).

En abril de 1946 reconoció a Juan de Borbón y meses después rompió definitivamente con Fal Conde.

Para Rodezno, el carlismo, si quería seguir presente en la política española, debía aceptar a un heredero dinástico que hasta entonces no le satisfacía. 
Argumentó que “la Comunión tradicionalista, sin apoderado regio, podrá ser una escuela filosófica, pero nunca una solución política [...]. Pienso igualmente que mientras otra solución no se ofrezca, nuestros cuadros se merman de día en día, nuestras gentes se consumen en el desengaño”. 
Su postura encontró rechazo frontal, y aun agresivo, en el carlismo popular, como se pudo ver en la concentración de Montejurra, cinco meses después de formalizado el Pacto de Estoril, el 20 de diciembre de 1957.

El posibilismo político que Rodezno siempre practicó no encajaba en la Comunión Tradicionalista.

Como resumió Melchor Ferrer, “él, de un carlismo estático e ineficaz, es quien en todas las épocas críticas que ha conocido ha sustentado siempre la misma desalentadora tesis: ‘El Carlismo está en vía muerta, es un organismo inoperante’. Y en una ‘consecuencia’ política invariable, ha propugnado en todo momento la colaboración de la Comunión con cualesquiera otras tendencias políticas que han ido surgiendo en su extrarradio, bajo pretexto de atraerse a los afines.

Esto le ha conquistado en su historia política dos notas características de su personalidad: para el gusto de los liberales es el Conde de Rodezno un modelo de tolerancia; para el sentir de los carlistas es el Conde de Rodezno exponente de flaqueza y falta de fe”

A su funeral acudió el conde del Vado en representación de los condes de Barcelona.

A la par que su personalidad política destaca la dedicación a ocupaciones intelectuales. En 1943 fue elegido miembro numerario de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, y en 1944, de la Real Academia de la Historia, en la que ocupó la vacante de Rodríguez Marín. 

En su discurso de ingreso, repasa los hechos y juicios merecidos por la conquista de Navarra en 1512 y los intentos posteriores, militares, diplomáticos y matrimoniales, de recuperarlo por parte de la dinastía desposeída, los Albret-Foix, como, por ejemplo, la boda, frustrada, de Enrique de Albret con Leonor, hermana de Carlos I. 

Rodezno concluye que el Viejo Reino se incorporó al imperio español “de todo corazón”, y eso “como consecuencia de un natural proceso histórico, que no supo o no quiso comprender su última dinastía”. 

Por otra parte, las circunstancias de la conquista bélica “inquietaron los sentimientos de fidelidad de la nobleza navarra”, fidelidad que, en su opinión, alentó “la adhesión unánime y entusiasta al Borbón en la guerra de Sucesión”.

Rodezno, que expone el origen navarro de esta dinastía a partir de Juana de Albret, reina de Navarra, recoge la idea, estampada por García Góngora y Torreblanca —Juan Sada y Amézqueta— en su Historia apologética y descripción del Reyno de Navarra (Pamplona, 1628), de que todos los naturales de este reino “llevan la flor de lis en el corazón”.

Fue caballero de la Orden de San Juan de Malta, hijo predilecto de Navarra y alcalde de Villafranca, y recibió las grandes cruces de Isabel la Católica y de San Raimundo de Peñafort, así como, a título póstumo, el título de Grande de España.


Obras de ~: Los Teobaldos de Navarra, Madrid, Imprenta de San Francisco de Sales, 1909; Carta del V.P.M. Fray Luis de Granada sobre el Duque de Alba y su muerte ejemplar, Madrid, 1911; De tiempos lejanos. Glosas históricas, Madrid, Imprenta de S. Francisco de Sales, 1913; Genealogía de la Casa de Arévalo, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1916; “La abdicación de D. Carlos y el Conde de Montemolín”, en Revista de Historia y Genealogía Española (RHGE), I, Madrid (1927); La Princesa de Beira y los hijos de Don Carlos, Madrid, Alberto Fontana, 1928; “La muerte de Zumalacárregui”, en RHGE, III (1929); Carlos VII, Duque de Madrid, Madrid, Espasa Calpe, 1929; La propiedad privada en Navarra y un informe sobre reforma tributaria, Madrid, Imprenta de J. Pueyo, [1934]; Dos discursos en el II Año Triunfal. Los mártires de la Tradición, Vitoria, Príncipe de Viana, 1937; El doctor navarro Don Martín de Azpilcueta, discurso de ingreso en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, Pamplona, Diputación Foral de Navarra, 1943; Austrias y Albrets ante la incorporación de Navarra a Castilla, discurso de ingreso en la de la Historia el 15 de noviembre de 1944, Pamplona, Aramburu, 1944; Memorias, inéd.; Donosa farsa de un aventurero, Madrid, s. f.


Bibl.: J. Pabón, “Semblanza el Conde de Rodezno. Su personalidad y su actuación”, texto procedente del discurso de ingreso de Jesús Pabón en la Real Academia de la Historia, en Príncipe de Viana, 54-55 (1954), págs. 187-191; M. Ferrer, Observaciones de un viejo carlista a unas cartas del Conde de Rodezno, Madrid, 1946, pág. 3; M. Iribarren, Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Editorial Gómez, 1970; M. Blickhorn, Carlismo y contrarrevolución en España (1931- 1939), Barcelona, Crítica, 1979; Á. García-Sanz Marcotegui, Diccionario biográfico de los diputados forales de Navarra (1931-1984) y de los secretarios de la Diputación (1834-1984), Pamplona, Departamento de Presidencia e Interior, 1998; J. Canal, Banderas blancas, boinas rojas, Madrid, Marcial Pons Historia, 2006; J. M. Brocos Fernández, “Una pequeña historia del Carlismo del siglo XX a través de tres semblanzas: José María Arauz de Robles, Tomás Domínguez Arévalo y Francisco Elías de Tejada”, en Arbil, 118 (agosto de 2008).




Palacio de los Condes de Rodezno en Ollauri.

escudo de armas

palacio


El Palacio de Los Condes de Rodezno, es un edificio de tres plantas de interés artístico y arquitectónico del S. XVI (periodo renacentista), ubicado en Ollauri, en el corazón de la Rioja alta y en plena ruta del vino.


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