Caso Estraperlo, partido republicano radical y Lerroux.-a

Banquete en Lhardy del Gobierno de la República, en noviembre de 1931.
 Lerroux, abajo, en el centro, aparece junto a Manuel Azaña.



El historiador Roberto Villa rebate la imagen de político corrupto y mediocre del líder radical, minimiza el 'Caso Estraperlo' y sostiene que Lerroux fue uno de los pocos líderes que defendieron la democracia liberal durante los años 30.
Hace dos años exactos, Roberto Villa trajo noticias difíciles de digerir para todos los españoles. Su libro 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular (Espasa) demostraba y ampliaba la escala de la manipulación en las elecciones que devolvieron el poder a la izquierda. Ahora, el historiador granadino entrega un nuevo libro que vuelve a erosionar la imagen idealizada de la II República.

Los escándalos radicales


Mientras la izquierda se unía, la coalición gobernante entraba en crisis. A principios de octubre, Alcalá Zamora hizo llegar al Gobierno la denuncia de un hombre de negocios holandés, Daniel Strauss, que en 1934 había introducido con su socios,  Perle y Lowann (esta última esposa del primero), un juego de ruleta trucado, conocido popularmente como estraperlo por el nombre de sus propietarios. Para lograr su aprobación, dado que los juegos de azar estaban prohibidos en España, Strauss afirmaba haber sobornado a varios políticos del PRR. Instalada la ruleta en el Casino de San Sebastián y luego en el de Formentor, las autoridades habían ordenado su cierre al denunciarse irregularidades. 
Ello le decidió a denunciar el asunto, a fin de exigir una indemnización por los gastos de instalación y sobornos. El jefe del Gobierno, Lerroux, no hizo caso de la denuncia, pero el presidente de la República, por motivos que pueden ser objeto de muy distintas apreciaciones, se negó a silenciarla, obligando al Gobierno a trasladar el caso al Parlamento, que designó una Comisión para estudiarlo. El dictamen de ésta señalaba la existencia de actuaciones que no se ajustaron a la austeridad y ética que en la gestión de los negocios públicos se suponen, y señalaba la culpabilidad de veteranos radicales, como Emiliano Iglesias, Joan Pich i Pon, Sigfrido Blasco-Ibáñez, Aurelio Lerroux, hijo adoptivo del líder del partido, Eduardo Benzo, ex subsecretario de la Gobernación, que había gestionado el permiso para la ruleta y el ex ministro Salazar Alonso, que lo había firmado. El escándalo, poco importante en si mismo, ponía de relieve la existencia de un cierto grado de corrupción entre los cuadros del PRR.
 El 28 de octubre, las Cortes votaron la culpabilidad política de todos los acusados, excepto de Salazar. Afectados por el escándalo, Lerroux y Rocha abandonaron el Gabinete ministerial. Pocos días después, estallaba el segundo escándalo. Lo planteó un probo funcionario, Antonio Nombela, inspector general de Colonias que denunció la intervención de algunos dirigentes radicales, especialmente el subsecretario de la Presidencia del Consejo de Ministros, Moreno Calvo, en la resolución fraudulenta de un expediente de indemnización a una naviera, la Compañía de África Occidental, propiedad del empresario catalán Antonio Tayá, por la pérdida de dos buques en la Guinea española. La negativa de Nombela a abonar la irregular indemnización, aprobada por el Gobierno el 12 de julio, le llevó a exponer el caso a los ministros Gil Robles y Lucia, pero ello ocasionó su cese, decidido por el Gabinete el día 26. Nombela dirigió entonces su denuncia a las Cortes donde, a finales de noviembre, se nombró una Comisión para estudiar el asunto. 

El llamado "expediente Talla" afectaba esta vez directamente a Lerroux, que había intervenido como presidente del Gobierno. En el debate ante el Pleno, el líder radical fue incapaz de defenderse de las acusaciones de corrupción, aunque la votación de los diputados le exculpó. Aun así, el PRR quedó sumamente desprestigiado por este nuevo escándalo, mucho más importante que el del estraperlo, y entró en un proceso de disgregación. Gil Robles intentó aprovechar el hundimiento de sus socios republicanos, que él mismo había facilitado, para acceder a la jefatura del Gobierno, pero Alcalá Zamora lo impidió encomendando a Portela la formación de un nuevo Gabinete de centro y, luego, la disolución de las Cortes y la convocatoria de elecciones.




Alejandro Lerroux. La república liberal (editado por FAES), la obra más reciente de Villa, debería ser la biografía de un antihéroe en la gran tragedia de la España de los años 30, la de un hombre oportunista, corrupto y amasador de poder. Sin embargo, la lectura desmiente la mezquindad de Lerroux y achica el valor de los héroes oficiales.

«El Lerroux que percibimos, tanto el joven populista como el viejo liberal, es el que construyeron sus enemigos», cuenta Villa.

Algunas noticias sobre Lerroux: nació en una familia de clase media, casi pobre y con pocas raíces. Su padre era un militar prudentemente republicano. Su hermano mayor, Arturo, su modelo, fue un tarambana y un antisistema. Alejandro Lerroux quiso ser más formal, pero fracasó en sus intentos de hacer una carrera militar o de estudiar en la universidad. Cuando llegó a la edad adulta, sólo encontró el periodismo de partido, más bien chusco y mal pagado, como una manera de salir adelante.

Sin embargo, «a partir de un periodismo mediocre, porque su periodismo no es valioso, Lerroux se convirtió en el gran publicista del republicanismo, en el creador de las campañas más potentes contra la monarquía en su tiempo», cuenta Villa.


En esa época, en los años de la alternancia, Lerroux era un transgresor: 

«Era anticlerical, demagogo y populista. Pero es que el radicalismo español consistía en eso, sostenía que había un pueblo republicano, portador de todas las virtudes cívicas, cuya soberanía había sido secuestrado por la alianza entre la corona y el altar».

Lerroux cayó en Barcelona y se radicalizó con la idea de «competir por atraer al movimiento obrero de la ciudad». Por eso, se convirtió en el enemigo número uno de la Lliga Regionalista y de sus apoyos, incluidos el Obispado de Barcelona y algunos de sus compañeros de filas republicanas, dispuestos a pactar con los nacionalistas. Por esa grieta, Lerroux empezó a separarse de la ortodoxia izquierdista.

«Lerroux estaba socializado en la idea de que la república llegaría a través del derrocamiento violento de la monarquía. Pero hubo un momento, ya en Barcelona, en el que vio que tenía más posibilidades haciendo política, conquistando votos. Ya no quería meterse en conspiraciones que siempre acaban en fracasos y ridículos. En 1903, su carrera había empezado a despegar, se veía jefe de una organización poderosa, y no la quería arriesgar con asonadas. Desde 1917, ya lo podemos considerar un liberal, cada vez más un posibilista. Pone por delante las libertades individuales sobre el debate por la forma del Gobierno», explica Villa.
Con los años, su biografiado se fue pareciendo cada vez más a los monárquicos progresistas, que también los había.


Salto en el tiempo: aterrizamos en 1931, cuando la República ha sido proclamada y Manuel Azaña y Alejandro Lerroux son los dos líderes del republicanismo. Uno, de izquierdas y el otro, no. En el libro de Villar se insinúa que la incapacidad de los dos políticos por aunar esfuerzos fue el gran fracaso del régimen, su condena de muerte.

«La incompatibilidad entre ellos era doctrinal porque tenían ideas de la República muy distintas. Azaña veía la República como una ruptura con todo lo anterior y la vinculaba al programa modernizador del PSOE y la izquierda republicana. En cambio, Lerroux veía en la República la recuperación y el mejoramiento de las libertades que la monarquía había sacrificado con la dictadura de Primo de Rivera. Pero, en realidad, no proponía una ruptura, sino una vuelta al constitucionalismo sin rey. Lerroux preveía que la izquierda y la derecha se alternaran en el Gobierno. En cambio, para Azaña la democracia liberal estaba supeditada a un programa político concreto de izquierdas. Si los electores votaban en contra, su mensaje no valía. Por eso, la izquierda quiso anular las elecciones de 1933».

Y continúa Villar:

«Azaña era dogmático, estaba poco atento a la realidad. Lerroux, en cambio, sabía que el dogmatismo había arruinado la I República. Por eso, él pensaba en algo parecido a la III República Francesa, que duró 70 años».

Entonces, ¿no fue el bienio conservador fue una marcha atrás en el sistema de libertades de la República? 

«El constitucionalismo no cambia en una coma. No hay una medida que que derogue el contenido democrático de la República. De hecho, Lerroux salvó al sistema de lo que podría haberse interpretado como un voto masivo contra la República en 1933. Él solo convenció a la derecha, a sus moderados, de que la República era compatible con su proyecto político. Lerroux trabajaba para ampliar la base social de la República. Azaña, por implementar su proyecto modernizador».

Habrá que hablar ya de la corrupción, de los dos casos que condenaron a Lerroux a la vergüenza de la Historia. 

«El libro demuestra que lo correcto es hablar de escándalos y no de corrupción. Fueron dos casos diseñados para desgastar al Gobierno de Lerroux: en el caso Estraperlo hubo una corrupción muy menor, dos relojes de pulsera, que afectó a miembros de tercera fila del Partido Radical Republicano. En el caso Nombela no hay ningún atisbo de nada... Pero todo se sumó a una fama de Lerroux que ya existía y que venía de Barcelona. Los catalanistas difundieron el bulo de que Lerroux era un agente a sueldo de la monarquía. Y eso llegó al campo republicano y socialista. Los escándalos fueron una especie de confirmación para la gente que había crecido en ese bulo».

También pesa en contra de Lerroux el hecho de que, en el verano de 1936, el viejo político se pusiera del lado equivocado de la Historia con una carta de respaldo a los golpistas. 

«Para él era el lado evidente de la Historia. Lerroux ya no tenía cabida en la República. No tenía garantías de supervivencia, siquiera. Sus aliados, Melquiades Álvarez y Martínez de Velasco, habían sido encarcelados y asesinados».

¿Cabía en la otra España, la de los militares? 

«Al principio sí, después no. Como la Guerra duró mucho, los dos bandos se radicalizaron y los centristas fueron expulsados de todas partes. Hasta Azaña se hartó de la República. Entre los rebeldes, el primer jefe, Cabanellas, era republicano. Ni siquiera es lo mismo el Franco de 1936 que el de 1939. Cuando esa España entró en un proceso de fascistización, Lerroux lo criticó mucho». 

Ése, según Villa, es el gran mérito de Alejandro Lerroux: cuando nadie creía en las democracias liberales, él se mantuvo firme.



Alejandro Lerroux García 


(La Rambla, 4 de marzo de 1864-Madrid, 27 de junio de 1949) fue un político español de ideología republicana. Ejerció la presidencia del Consejo de Ministros en varias ocasiones durante la Segunda República.


El Partido Republicano Radical (PRR), a veces más conocido como Partido Radical,2​3​ fue un partido político español de ideología republicana, radical y centrista radical que existió entre 1908 y 1936.

Fue fundado por el político republicano Alejandro Lerroux en enero de 1908, durante el período de la Restauración. En el momento de su creación el partido lograría atraer hacia sus filas a buena parte del movimiento lerrouxista. Si bien durante sus primeros años tuvo un papel discreto, durante la etapa de la Segunda República se convirtió en una de las principales formaciones políticas españolas, llegando a participar en el gobierno en varias ocasiones. Afectado por varios escándalos de corrupción y por su creciente derechización política, el Partido Radical entró en una fuerte crisis que significó su desaparición de la vida pública española. Terminaría desapareciendo tras el estallido de la Guerra civil.
El partido fue fundado por Alejandro Lerroux en Santander, al escindirse Lerroux y sus partidarios en 1908 de la Unión Republicana de Nicolás Salmerón.​ El acto fundacional tuvo lugar el 6 de enero de 1908 durante un mitin que se celebró en el Teatro Principal de Santander.​ A este respecto, el propio Lerroux señalaría más adelante que el partido:

No nació de mi capricho, ni menos aún de una disidencia, que si de una disidencia humana hubiera nacido necesitaría ahora de la execración de la opinión pública. Nació de una necesidad política.


El motivo de esta salida se debió a que una parte de la Unión Republicana —encabezada por el propio Salmerón— se unió a la coalición catalanista «Solidaridad Catalana», lo que provocó una grave crisis en la coalición republicana. Los republicanos «blasquistas» también se acabarían escindiendo en una nueva formación.​ Así pues, Lerroux impulsó la creación del Partido Radical con la idea de reestructurar en torno a su persona tanto a lo que quedaba de la Unión Republicana como a otros elementos republicanos dispersos.
Los orígenes del partido se encontraban en el movimiento político y social que Lerroux había construido en torno a su persona durante su etapa en Barcelona. En sus inicios mantuvo un discurso de corte obrerista, anticlerical y anticatalanista, consiguiendo politizar a las masas obreras y atraer a una parte importante de los sectores inmigrantes.​ Coincidiendo con un momento en que el anarquismo atravesaba una importante crisis —tras el fracaso de la huelga general de 1902—, esto le permitió presentarse como la única opción política de la clase obrera barcelonesa y en clara oposición a las posturas defendidas por la conservadora y católica Lliga Regionalista.

Como señalaría posteriormente Eduardo Aunós, Lerroux logró alzar «contra la burguesía catalana...a las masas proletarias abandonadas en los suburbios fabriles de la gran ciudad mediterránea».
 Lerroux, sin embargo, daría un giro hacia posturas centristas a partir de 1910,​ en el convencimiento de que el republicanismo español carecía de «respetabilidad» y de un verdadero apoyo social.​ Desde ese momento Lerroux centraría sus esfuerzos en hacer del Partido Republicano Radical una formación política de corte interclasista, que agrupara a diversos sectores. Progresivamente, fue abandonando su demagogia y se acercó a las clases medias.

Durante sus primeros años el PRR mantuvo su centro de gravedad en Barcelona y Cataluña, aunque se mantuvo alejado de los partidos catalanistas y se centró más en el electorado obrero. La existencia del partido lerrouxista dejó a la izquierda catalanista carente de posibilidades políticas por lo menos hasta 1923.
En 1910 el Partido Republicano Radical concurrió a las elecciones generales en alianza con otros partidos republicanos y de izquierdas, la conocida como Conjunción Republicano-Socialista, logrando sacar 8 diputados en cortes. Después de su primer gran éxito político en las elecciones de 1910, cuatro años después Lerroux firmó el llamado Pacto de Sant Gervasi, por el cual el PRR establecía una alianza electoral con la Unión Federal Nacionalista Republicana (UFNR).​ El PRR mantuvo esta alianza electoral durante los comicios de 1914 y nuevamente en los de 1916, aunque más adelante esta fórmula no se reeditaría debido al escaso éxito que había reportado para ambas formaciones.
Para estas fechas Lerroux se había convertido en el jefe indiscutible del republicanismo. Hasta la instauración de la dictadura de Primo de Rivera en 1923, el PRR mantuvo una modesta representación parlamentaria en el congreso. Durante la dictadura el partido pasó a la clandestinidad y Lerroux mantuvo una discreta actividad política.
En 1929 el partido sufrió una primera escisión: el sector más progresista del PRR se separó para fundar el Partido Republicano Radical Socialista (PRRS),​ y más adelante una parte del PRRS acabaría confluyendo en la posterior Izquierda Republicana (IR) de Manuel Azaña.
A finales de los años 1920, en los estertores del reinado de Alfonso XIII, el Partido Republicano Radical fue uno de los principales firmantes del Pacto de San Sebastián, y como tal participó en el Comité Provisional que comandó el derrocamiento de la Monarquía y en el Gobierno Provisional que sustituyó al Gobierno de la Corona tras la proclamación de la II República, el 14 de abril de 1931.

Segunda República

En el debate de la Constitución de 1931 el grupo parlamentario del PRR, que con 90 parlamentarios era el segundo más numeroso de las Cortes Constituyentes, tras los socialistas, apoyó en general el proyecto presentado por la Comisión de Constitución, especialmente el Estado integral que permitía la formación de "regiones autónomas".

Sin embargo, como manifestó su portavoz Rafael Guerra del Río, discrepó en algunos puntos importantes, como que las Cortes fueran unicamerales ("la minoría radical sostiene el sistema bicameral" con "un Senado que se define como representante de los intereses sociales y de los intereses específicos de las regiones... al cual asignamos una función de freno de las impaciencias del momento de la Cámara popular", aunque estaría supeditado a ella), que se disolvieran las órdenes religiosas (debían ser sometidas a una ley especial, porque son "asociaciones muy especialísmas", así como la Iglesia Católica en general, y a algunas órdenes, especialmente a los jesuitas, se les debía prohibir el ejercicio de la enseñanza por constituir "un peligro social, un peligro para la juventud española, que antes que nada debe ser amparada por la República") o la "socialización" de la propiedad («reconocemos legítima la expropiación de la propiedad por parte del Estado para fines sociales, pero siempre mediante indemnización. Confiscaciones, nunca; despojos sin indemnización, nunca, ni siquiera a las órdenes religiosas»).​ El portavoz de la minoría radical, Rafael Guerra del Río, acabó su intervención diciendo:

Quizá muchos queridos correligionarios, republicanos no afiliados a nuestro partido radical, sospecharán que en esta postura de esta minoría, de este partido radical, hay más o menos espíritu de derecha. Yo declaro que a mí eso, en estos momentos no me preocupa absolutamente nada. (...) Cuando hablamos de esta futura Constitución, no pensamos más que en una cosa; que vamos a fabricar un hogar para todos los españoles; que nosotros hemos sido republicanos como lo fueron los de Francia y lo fueron los de Italia, uniendo en una misma acepción las dos palabras, patriota y republicano. Eramos republicanos porque queríamos a España; ahora que tenemos la República, queremos la República para todos los españoles. He dicho.


En diciembre de 1931, Lerroux abandonó el gobierno de Azaña por estar en desacuerdo con la continuidad de la coalición republicana-socialista que lo sustentaba y a partir de entonces lideró la oposición parlamentaria desde el centro-derecha, lo que le sirvió para atraer a ciertas figuras políticas moderadas que fueron monárquicas antes de la Dictadura de Primo de Rivera, como Santiago Alba.
En el otoño de 1933 la caída del gobierno Azaña supuso la convocatoria de nuevas elecciones, a las cuales se presentó el PRR de Lerroux con una propuesta de “República, orden, libertad, justicia social, amnistía”. Tras las elecciones de noviembre 1933, que arrojaron una mayoría de las derechas en el Parlamento y en las que el PRR obtuvo 102 escaños, los radicales de Lerroux pasaron a liderar el gobierno de la República, primero en solitario (un gabinete monocolor apoyado por la CEDA), y después en coalición con la CEDA de José María Gil-Robles. A lo largo de su mandato, Lerroux tuvo que hacer frente a la Revolución de octubre de 1934, organizada por los socialistas, y que resultó particularmente violenta en Asturias; y a la simultánea rebelión de la Generalidad de Cataluña y su presidente, Lluís Companys (Esquerra Republicana de Cataluña), que proclamó el Estado catalán dentro de la '«República Federal Española». 
Tras controlar la situación en el resto del país, el Gobierno radical detuvo a Companys, suspendió la Generalidad y mandó a las fuerzas del orden, incluida la Legión, a combatir la insurrección obrera en Asturias, que fue duramente reprimida bajo la dirección del general Franco a las órdenes de la República. Las políticas cada vez más derechistas del Partido Republicano Radical empezaron a crear fuertes disensiones en su seno, algo que se manifestó plenamente cuando la diputada Clara Campoamor abandonó el partido.
En abril de 1934, ya al mando del gobierno republicano, Diego Martínez Barrio salió del partido con los cuadros más centristas de los radicales para fundar el Partido Radical Demócrata, que posteriormente sería el núcleo en que se constituiría la nueva Unión Republicana. Este sector del PRR se mostraba en desacuerdo con la creciente línea derechista de la mayoría radical, que pretendía seguir gobernando con el apoyo decisivo de la CEDA.

Decadencia y desaparición

Los gobiernos radicales se sucedieron durante el período 1933-1935, aunque cada vez más debilitados por varios escándalos de corrupción (entre ellos, el del «estraperlo» y el asunto «Nombela») en que se vieron envueltos sus líderes, lo que llevó a que Lerroux saliera del gobierno en septiembre de 1935. El Partido Radical nunca se recuperó.​ En las elecciones generales de 1936, que dieron el triunfo a la coalición de izquierdas del Frente Popular, el PRR sufrió un fuerte descalabro: obtuvo un 1,1% de los votos y sólo cinco diputados. En la práctica, esto dejó al Partido Radical en la irrelevancia política. Ni siquiera Lerroux logró obtener representación parlamentaria.
Como el resto de partidos políticos activos durante la República, el Partido Republicano Radical fue ilegalizado tras la victoria del bando sublevado en la guerra civil.


El escándalo del estraperlo

En 1935 el estraperlo fulminó la carrera política de Alejandro Lerroux, líder del Partido Radical. Y no deja de ser una cierta ironía que un juego de azar fuera la causa del final de la trayectoria de un político que, si se distinguió por algo, fue por apostar fuerte. Actualmente su personalidad aún suscita debates: mientras unos lo consideran un hombre sin escrúpulos ni ideología, otros sostienen que fue un dirigente pragmático con una visión clara de hacia dónde conducir una España convulsa.

Nada es al azar

Dos años antes había aparecido en la escena española un ciudadano llamado Daniel Strauss, nacido en Holanda, pero nacionalizado mexicano. Este individuo, en compañía de un socio llamado Perl, o Perlowitz, según qué fuentes se consulten, había patentado una ruleta de trece números con una particularidad: mediante el cálculo, permitía adivinar en qué lugar iba a caer la bola.
Tal peculiaridad no era baladí, porque de esta forma se podían sortear las restricciones existentes durante la Segunda República para los juegos de azar. Strauss y su amigo Perl bautizaron su ingenio Straperlo, y lo calificaron de “juego de salón”. El aparato se estrenó en La Haya y como resultado Strauss fue expulsado de Holanda. Luego intentaron introducirlo en los casinos de Niza y Ostende. Finalmente, el “inventor” se estableció en Barcelona e hizo pruebas de la ruleta en el casino de Sitges, sin que el gobierno catalán de Companys permitiera finalmente su explotación.
Entonces pretendió que la administración del Estado la legalizara, para lo cual usó los contactos que tenía con el Partido Radical. Los hombres clave para las gestiones fueron Aurelio Lerroux –sobrino de Alejandro Lerroux– y el subsecretario de Marina, Joan Pich i Pon. Estas mediaciones agilizaron el permiso del Ministerio de la Gobernación, ocupado en aquel entonces por el radical Rafael Salazar Alonso, en cuya sede se hicieron las primeras pruebas.
En el informe de este departamento, firmado por el subsecretario Eduardo Benzo, también del equipo de Lerroux, se explicaba:

 “Es una máquina parecida a una ruleta, cuya bola cae en un número, pasa por un pivote y no hay más que hacer una suma determinada con aquel por donde ha pasado la bola y en ese número cae automáticamente”. 

 

Lo que no se mencionaba en ningún lugar es que quien manejaba tan singular artefacto podía hacer que la bola cayera donde le diera la gana, mediante un dispositivo de relojería que se accionaba con un botón eléctrico.
Benzo puso en el expediente la palabra “conforme”, y en las negociaciones cambiaron de manos unos relojes de oro, de los que uno fue a parar, según se dijo, al sobrino de Lerroux. El estraperlo se instaló en el casino de San Sebastián, pero cuando apenas llevaba tres horas funcionando se presentó la policía y lo clausuró. Daniel Strauss consiguió otra autorización para trabajar en el casino de Formentor (Mallorca), donde tampoco se pudo explotar.
Ante estas dificultades, Strauss decidió recurrir de nuevo a sus amigos del Partido Radical. En abril de 1935, ante el fracaso de sus gestiones, escribió al propio Lerroux, dándole cuenta de su pretensión de usar el estraperlo en España, y le advirtió que una persona de su familia “y otras de su amistad” habían tratado con él con el fin de llevar a buen puerto la ruleta.
Por los viajes, las gestiones y las molestias pedía una indemnización de 85.000 pesetas, y si no le eran entregadas actuaría en consecuencia. La leyenda popular señala que Lerroux, sin leer la misiva, hizo con ella una pelota y la lanzó a la papelera.

El partido dinamitado

El enceste le salió caro. El 19 de octubre los diarios publicaban una nota oficial: “Ha llegado oficialmente a poder del gobierno una denuncia suscrita por un extranjero cuya personalidad no consta de modo auténtico en España, en la que se formulan acusaciones contra determinadas personas por supuestas irregularidades cometidas con ocasión del ejercicio de funciones públicas. El Gobierno ha trasladado de oficio esta denuncia al fiscal, con el propósito de que se practique la más amplia y escrupulosa investigación”.
El Gobierno, en aquel momento, estaba presidido por Joaquín Chapaprieta, y Alejandro Lerroux era ministro de Estado. El presidente de la república era Niceto Alcalá Zamora. El escándalo terminó en una comisión parlamentaria, en la que fueron inculpados ocho miembros del Partido Radical que ocupaban cargos públicos, y que fueron destituidos por el Consejo de Ministros el día 28.
Esa misma tarde se produjo la votación del dictamen, que exculpó al ex ministro de Gobernación. Tampoco la investigación judicial prosperó, pues el juez dejó patente que la ruleta quedaba en un vacío legal, por lo que no podían hallarse responsabilidades penales en su uso.
Alejandro Lerroux siempre negó su implicación en la trama y culpó del aluvión de denuncias, rumores y sospechas a sus enemigos políticos, en especial a Manuel Azaña, a quien acusó de haberse reunido con Daniel Strauss en Suiza. Jurídicamente, el estraperlo no tuvo demasiadas consecuencias, pero fue la dinamita que hizo saltar en pedazos al Partido Radical y fulminó la carrera de su líder, Alejandro Lerroux.

Hay muchos Lerroux, en él cohabitan el periodista, el duelista, el masón, el preso, el abogado, el orador, el político y el exiliado.

Pero si políticamente hizo mutis por el foro, su figura no ha desaparecido, e incluso es motivo de controversia. Una línea de historiadores considera que llevó el oportunismo a su máxima expresión, actuando con demagogia y medidos golpes de efecto. Otros defienden una revisión de su figura, pues estiman que quiso dar una salida a la Segunda República, garantizando que la derecha respetara las instituciones del sistema y creyera en él. Su fracaso, según esta tesis, fue la derrota de las fuerzas democráticas en la Guerra Civil.

Y si existe discrepancia sobre sus intenciones, no son menos las dudas sobre su persona, pues sobre él se tejió una leyenda, ya mientras participaba de la vida pública, que no permitió discernir lo que ocultaba la aureola. Así, hay quien habla de un Lerroux en distintas etapas: el hombre de origen modesto de sus inicios, el prácticamente revolucionario de la Semana Trágica, el populista afincado en Barcelona, el conspirador republicano y el gobernante. Hay muchos Lerroux, en él cohabitan el periodista, el duelista, el masón, el preso, el abogado, el orador, el político y el exiliado.

Decidido a triunfar

Todas estas facetas convergen en un hombre de biografía peculiar. Alejandro Lerroux García, cordobés de nacimiento, vino al mundo en el seno de una familia humilde. Su padre, Alejandro Lerroux Rodríguez, era un oficial del cuerpo de veterinaria militar. Los Lerroux se convirtieron en unos trashumantes siguiendo de destino en destino al cabeza de familia. Alejandro fue un estudiante mediocre, que a duras penas superó los exámenes de la escuela.
Sus memorias nos facilitan datos sobre él, pero, aunque el volumen supera las 600 páginas, es difícil encontrar en él atisbos de autocrítica. Es casi una justificación, sin reconocer errores y destacando su faceta de hombre forjado a sí mismo. Así, se disculpa asegurando que ha sido difamado por rivales periodísticos, catalanistas y socialistas.

Escribe sin complejos, demostrando que tenía una meta que llegó a cumplir. Esta no era otra que la plasmada un día en una de sus frases: “Cuando yo gobierne, porque gobernaré...”. Solo con tal decisión puede entenderse que este hombre llegara tan lejos. Una de las pocas cosas que admite es su escasa formación en sus primeros años, que luego le convirtió en un autodidacta con no pocas lagunas.
Pero eso no le arredró, y a pesar de no ser un hombre culto entró a trabajar en un periódico de ideología republicana, El País. Allí ascendió meteóricamente gracias a su falta de pudor, a su arrojo y también a que aquí iniciaría su carrera de duelista. Cinco combates (cuatro a espada y uno a tiros) reconoce en sus memorias, como también admite que gracias a ellos pudo ascender en el escalafón social y profesional.

Revolucionario en todo

El periodismo fue el escaparate que le permitió asomarse a la vida pública y luego acceder a la política. Para ello utilizó su paso por El País y por otros tres diarios: El Progreso, El Intransigente y El Radical. Establecer cuál fue el ideario que guió su trayectoria no es sencillo. De todas formas, por poco acuerdo que haya sobre la materia, sí pueden hallarse unos ejes fundamentales, fácilmente definibles en tres términos: anticlerical, anticatalanista y republicano.

Alejandro Lerroux fue el hombre que canalizó un movimiento de masas que carecía de antecedentes en nuestro país.
En un discurso pronunciado antes de las elecciones de 1901 dice: 

“No tengo programa porque no caben mis aspiraciones en ninguno de los conocidos, pero he aquí cuáles son mis propósitos [...]. En lo político, la sustitución de la monarquía por una república democrática, radical, reformadora, que disminuya en lo posible y a cada momento la tiranía de los poderes públicos. En lo religioso, la separación de la Iglesia y del Estado [...]. En lo económico, el establecimiento de una administración autónoma para las entidades regionales y municipales que forman la nación [...]".

"Establecer oficialmente la jornada de las ocho horas cada día y 48 cada semana, proteger al proletariado en sus luchas por la propia emancipación, reconocer la justicia y legalidad de sus aspiraciones fundamentales, ser su propio verbo y su mandatario en las Cortes [...]. Radical en lo político, socialista en lo económico, revolucionario en todas las manifestaciones de la vida, más atento a captarse voluntades y a formar conciencias que a conquistar el poder”.

Su irrupción en el ruedo político marca el declive definitivo de lospartidos nacidos en la Restauración. Es Alejandro Lerroux el hombre que canaliza un movimiento de masas que carece de antecedentes en nuestro país, y lo hace de la mano de las clases obreras más desposeídas, a las que dota, según algunos autores, de una auténtica conciencia colectiva. Ahí están sus fogosos e incendiarios discursos respecto a las detenciones en Barcelona y los inmediatamente anteriores a la Semana Trágica.

Este Alejandro Lerroux se gradúa en Barcelona, donde se traslada para enfrentarse al catalanismo pujante. Pese a las apariencias, en el terreno catalán no juega en campo contrario: la ciudad cuenta en 1898, cuando él llega, con 500.000 habitantes, y 100.000 de ellos son obreros con unas condiciones de trabajo ínfimas y unas quejas y lamentos máximos.
En ellos encuentra Lerroux su público, al que ofrece unas tácticas desconocidas hasta el momento, pero que todavía perduran y de las que fue precursor. Por ejemplo, una oratoria nueva, directa, dura, de mensaje perceptible. O la creación de agrupaciones de masas, para lo cual copia algo que ha visto fuera, las “casas del pueblo”, lugares donde reunirse.
También es el primero en organizar las meriendas populares, escenarios idóneos para difundir sus lemas y consignas. Este gusto por lo popular y por los teatros en que congregar a la multitud le valieron el apodo de “emperador del Paralelo”, en alusión a que frecuentaba esta arteria barcelonesa para conseguir respaldos.

Contradicciones

Sin embargo, para sus detractores no hay nada auténtico en este Alejandro Lerroux. Ni era tan obrerista, ni mucho menos un revolucionario. Muchos historiadores han incidido en las profundas contradicciones que aparecen en su trayectoria. Por ejemplo, criticar la corrupción política y verse salpicado por escándalos de distracción de fondos en el ayuntamiento de Barcelona, uno de sus bastiones.
O su gran interés en liderar a las clases obreras populares y ser un habitual de restaurantes caros y sastrerías exclusivas. Asombra su lista de amigos intelectuales e incluso correligionarios (Blasco Ibáñez o Pío Baroja, entre otros) que acabaron peleados con él por sus devaneos políticos. Y no puede olvidarse su deriva, que de posturas casi revolucionarias en su inicio escoró hacia la derecha cuando gobernó.

Bajo su presidencia se suspendió la reforma agraria, los salarios disminuyeron y creció el desempleo. Sus detractores son feroces, como Santiago Carrillo, que lo proclama “traidor” a la república. O, más recientemente, el periodista e historiador Rai Ferrer, quien ha escrito:

 “A los 29 años dirigía El País, a los 30 fundaba El Progreso, a los 40 era diputado por Barcelona y a los 69 llegaba a la jefatura del gobierno republicano. Todo un carrerón para un hombre sin escrúpulos, que descubrió muy pronto que, alcanzada la meta del dinero, lo demás era calderilla. Borracho de poder hasta las cejas, pasó toda su vida engañando al pueblo al que servía, utilizando los mismos métodos que sus colegas parlamentarios”.

Frente a estas diatribas, hay quien piensa que Lerroux no fue un ser abyecto ni despreciable. El historiador Nigel Townson sostiene que la política del radical una vez en el gobierno fue moderada, de centro y representativa de una parte importante de las clases medias urbanas. En su opinión, pretendía integrar a las derechas en el republicanismo para no excluir a un sector considerable de la población.

Irónicamente, este hombre, que aceptó todas las apuestas que le planteó el destino, fue derrotado por una ruleta trucada.
Lerroux fue, para el periodista y escritor Ramón Serrano: 

“El que organizó el primer partido de masas, el que fue azote de políticos caducos, el que levantó el ánimo del obrero humillado y acongojado, el que despertó ilusiones que amortiguaran sufrimientos. Su triste final no invalida la labor primera que uces y sombras de un hombre singular que transitó por unos años no menos singulares de la historia de España".

"Vivió el desastre del 98, la Semana Trágica, la caída de un rey, el advenimiento de una república y el estallido de una guerra civil. Alejandro Lerroux fue un hombre ambicioso, que quiso el poder y que lo consiguió a fuerza de actuar con audacia y decisión. Irónicamente, este hombre, que aceptó todas las apuestas que le planteó el destino, fue derrotado por una ruleta trucada y desapareció de la vida pública tras las elecciones de 1936, en las que no obtuvo acta de diputado. En ese año, sin embargo, perdieron todos”.

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